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lunes, 22 de noviembre de 2010

PUNCTUM - Martin Gambarotta (Fragmento)

1

Una pieza

donde el espacio del techo es igual

al del piso que a su vez es igual

al de cada una de las cuatro paredes

que delimitan un lugar sobre la calle.

La bruma se traslada a su mente

vacía, no sabe quién es y el primer

pensamiento "un perro que se da cuenta que es perro

deja de serlo'' vuelve a formar parte

del sueño pero aparece, difusa,

la maceta: una pava abollada con plantas

en el centro de la mesa: dos caballetes

sosteniendo una tabla de madera

--entonces está despierto.

Las manchas de óxido en el cielo--

el color de la luz sobre las cosas, el cielo

que se retrae y es óxido borroneado

entre sus ojos y cae dormido de nuevo, pero aparece

un orden en la materia despierta.

La ubicación lúcida

del lugar en el día, el ruido,

el cuerpo latiendo,

la ruina de una idea que corre

por una red de nervios,

palabras de acero

contenidas en un soplo:

un orificio cabeza de alfiler

en una cavidad del corazón.


2

En el 2do. estante,

un tenedor torcido entre el alcohol puro

y las gillettes usadas.

Sobre la heladera tiembla

una estatuita: es un tenista banado en oro falso

en el acto de sacar el primer servicio.

Cada minuto un trofeo de plástico.

Y en qué momento un hombre pierde

noción y su mente queda en blanco:

cuando no puede dormir y no aguanta

el hecho de estar despierto.

Cómo se llama eso que cuelga de la pared,

cómo se llama eso que cubre la lámpara.

Rodeado de cosas sin nombre a mí también

me hubiera gustado empezar esto

con: de noche junto al fuego

pero acá

no hay, salvo en potencia, fuego

y eso que se divisa, una oscuridad

baldía sobre nosotros, a duras penas

puede ser llamada noche, nada

hace suponer el final de la transmisión nocturna

que ahora termina y deja

la pantalla nevada

trasladando a la penumbra del pasillo

la oscilación de un aire gris que no provoca

ninguna emoción salvo en las cosas.

Antes del corte de la programación estuvo

el vuelo de una polilla en la pantalla

a contrapunto de la banda de sonido del Gran Chaparral,

una japonesa que se tiraba a la pileta,

los subtítulos en verde decían:

"acaso no eres tú la de los ojos azules",

en otro canal, el documental sobre cáncer de piel

y en otro un delfín saltando aros de fuego

y de nuevo la japonesa secándose la nuca

con la toalla, mirando la cámara

cambia y otro dice "solo se escribe

acerca de la muerte por dinero."

Cadáver, esto ya no es rock,

algunos roban estéreos, otros roban esposas

pero todos robamos.

Discriminando entre el dolor y la apertura siciliana

va hasta la pieza y en una hoja escribe

la jugada de una partida por correspondencia

que va a reproducir un tablero en Concordia

en otra noche. Alguien lee

la nota: Jaque,

torre negra toma peón alfil uno

mate

y sabe que todas sus piezas están perdidas.

No hay color, únicamente

queda la variación en los tonos

de gris que, en el pasillo,

se funden con el destello aguado de un aviso de yogur

que viene de la calle:

PORQUE LO MAS IMPORTANTE dice ES UNO MISMO.


3

En la cocina

la llama de la hornalla

oscila detrás del Guasuncho, que

se cree el héroe del Barrio Pepsi

pero que nunca salió de estas cuadras

a no ser para cobrar una renta.

Guasuncho, de visita en la cocina

él, que hace unos años fundó

una pseudo célula clandestina y después se puso

a vender biblias para el Ministerio de Ondas de Amor y Paz.

Ahora rehabilitado, con restos de chicle en el labio inferior

de su sonrisita parapolicíaca dice

hesitante

loco

loco, yo era amigo de Luca.

Guasuncho cuenta de una minita

que, siguiendo los pasos de su hermana mayor,

usa una remera donde un águila sostiene

el bate de beisbol en una garra y laureles en la otra.

En dos semanas cambió menos que en la media hora donde

hablamos del futuro en tiempo pasado.

El parlante roto, dice Guasuncho

hacía que la canción,

Blondie, se escuchara de a ráfagas, arrastrada

hasta la pieza desde otro lugar

menos pensado; después de la escena

de celos en el comedor coreano algo

quebró la sucesión de los hechos

y entonces, todo indicaba que era él,

no era yo, dice Guasuncho, con un envase

en la mano, ni ella, una mujer

sacando un jean del bolso

los personajes que a la otra mañana se movían detrás

de la vidriera mal enjabonada

en el San Cristobal Laverap.

Nadie comenta salvo Confuncio

que comparando de reojo al Guasuncho

con una diapositiva de cuando tenía 17

le dice, nunca debiste confiar tanto

en alguien que le pone Heráclito a su gato.


4

Hace un año la noche era igual

y nada le asegura que, acostado,

ésta no sea en realidad

otra noche y que el pasado

no pasó

o está gateando

por debajo de esa cama.

La noción del tiempo

perdida hasta que el alcohol le dilata

suave, las arterias

y un latido irregular del corazón

alcanza

para que las horas se reacomoden

en alguna de las dos noches

donde toma algo de un vaso rajado.

Mirando el reflejo de su cara

en el revés de una cuchara,

puede tirar el vaso a la mierda o dejarlo

en la mesa de luz: entre esos dos

puntos del deseo vacila el futuro

y lo importante podrá ser

el ruido,

azul, de los cubitos

de hielo derritiéndose en el vaso

pero lo esencial es el fulgor de una soldadora

llegando desde una construcción lejana: el esqueleto

de un edificio sin terminar

congelado en la iluminación que, desde más atrás,

irradia la terminal empapelada

con afiches de la gobernación:

NO, dicen el rojo, a la droga.

A mitad de cuadra los empleados de una farmacia de turno

fumando bajo una cruz, verde, de neón. Alcanza con bajar

la persiana para eliminar la escena. Cadáver, cada hora

que pasa vale más que un año en la vida de un perro.

Acostado

en la cama impresionista,

sentiría

el roce de un grano de arroz en su paladar seco,

mira la foto de una amiga

que estuvo internada

en un hospicio de París. Eso

suena pretencioso y, releyendo,

sería mejor cambiar París por Federación, hospicio

por hospital, internada por encerrada, pero

se atiene a los datos reales de la nota

detrás de la foto. En el papel

brilloso está prendiendo un cigarrillo,

protege la llama del encendedor en el hueco de la mano

de aquel viento que arrasó una playa. Atrás: el mar

cuando las olas crecen para romper.

Bajo un cielo anti-óxido su amiga, algo pálida;

el pelo del largo al que llega

dos meses después de rapado. La escena soluciona

un problema: sabría a quién llamar si en el bolsillo

de su pantalón, en vez de un cassette y una goma de borrar,

tuviera dos fichas larga distancia.

sábado, 21 de agosto de 2010

Murio Rodolfo Fogwill


Murió Rodolfo Fogwill

A los 70 años, murió hoy el escritor y sociólogo argentino Rodolfo Fogwill.
Se encontraba internado por un problema pulmonar provocado por su afición al cigarrillo.

Era padre de Andy Fogwill, uno de los directores publicitarios más premiados del mundo, y de la actriz Vera Fogwill, conocida por sus papeles en cine y televisión.


Fuente Perfil.com

viernes, 17 de abril de 2009

Como aprovechar un viernes por John Berger


CRÓNICA: OPINIÓN
Viernes Santo en la National Gallery
JOHN BERGER 11/04/2009


El escritor y pintor John Berger cuenta la accidentada peripecia que vivió el año pasado en el museo londinense. Allí acudió para pintar un Dibujo de la 'Crucifixión' inspirado en el cuadro de Antonello da Messina. Estaba prohibido, pero logró hacerlo

El Viernes Santo de 2008 yo estaba en Londres. Y a primera hora de la mañana, decidí ir a la National Gallery a contemplar el cuadro Crucifixión, de Antonello da Messina. Es la representación más solitaria de esa escena que conozco. La menos alegórica.
En las obras de Antonello hay un especial sentido siciliano de la presencia que no tiene medida, que rechaza toda moderación o autoprotección

"¿Ese bolso de la silla es suyo?". Miro a los lados. Un guardia de seguridad armado me mira con el ceño fruncido mientras señala la silla. "Sí, es mío"
En las obras de Antonello -y hay al menos 40 cuadros que indiscutiblemente son suyos- hay un especial sentido siciliano de la presencia que no tiene medida, que rechaza toda moderación o autoprotección. Se puede apreciar eso mismo en estas palabras pronunciadas por un pescador de la costa cercana a Palermo, y recogidas por Danilo Dolci hace algunas décadas.

"Hay veces en que miro las estrellas por la noche, especialmente cuando salimos a pescar anguilas, y empiezo a darle vueltas a la cabeza: '¿El mundo es real de verdad?'. Yo no me lo creo. Si estoy tranquilo, puedo creer en Jesús. Métete con Jesucristo y te mato. Pero hay veces en que no soy capaz de creer, ni siquiera en Dios. 'Si Dios existe realmente, ¿por qué no me da un respiro y un trabajo?" (cita de Sicilian lives. Danilo Dolci. Pantheon, 1981).

En una Pietà pintada por Antonello que ahora está en el Prado, el Cristo muerto es sostenido por un ángel desvalido que apoya su cabeza en la de Jesucristo. El ángel más conmovedor que existe en la pintura.

Sicilia, una isla que admite la pasión y rechaza las ilusiones.

* * *

Cogí el autobús hasta Trafalgar Square. No sé los cientos de veces que habré subido los escalones que conducen desde la plaza al museo y ofrecen, antes de entrar, una panorámica de las fuentes vistas desde arriba. La plaza, a diferencia de muchos famosos lugares de reunión urbanos (como la Bastilla de París) es, a pesar de su nombre, extrañamente indiferente a la historia. Ni los recuerdos ni las esperanzas dejan su huella en ella.

En 1942 subí los escalones para ir a unos recitales de piano que daba Myra Hess en el museo. La mayoría de los cuadros habían sido evacuados por miedo a los bombardeos aéreos. Hess tocaba a Bach. Los conciertos se celebraban a mediodía. Escuchábamos tan callados como los pocos cuadros que había en las paredes. Las notas y los acordes del piano nos parecían un ramo de flores atadas con una cuerda de muerte. Nos quedamos con el vívido ramo e hicimos caso omiso del cordel.

En ese mismo año, 1942, los londinenses escucharon en la radio por primera vez -creo que en verano- la Séptima Sinfonía de Shostakóvich, dedicada a la sitiada Leningrado. Había empezado a componerla en la ciudad durante el sitio de 1941. Para algunos de nosotros, la sinfonía era una profecía. Al oírla, nos decíamos a nosotros mismos que la resistencia de Leningrado, en ese momento seguida por la de Stalingrado, terminaría por conducir a la derrota de la Wehrmacht por el Ejército Rojo. Y esto fue lo que sucedió.

Es curioso que, en tiempos de guerra, la música sea una de las poquísimas cosas que parecen indestructibles.

* * *

Encuentro la Crucifixión de Antonello fácilmente, colgada a la altura de los ojos, a la izquierda según se entra en la sala. Lo que resulta tan impresionante de las cabezas y los cuerpos que pintó no es simplemente su solidez, sino la forma en que el espacio que los rodea ejerce presión sobre ellos, y la forma en que ellos intentan resistirse a esa presión. Es esta resistencia la que los hace tan innegable y físicamente presentes. Tras contemplarlo durante un buen rato, decido intentar dibujar solamente la figura de Cristo.

Un poco a la derecha del cuadro, cerca de la entrada, hay una silla. Cada sala de exposición tiene una, y son para los vigilantes oficiales del museo, que observan a los visitantes, les avisan si se acercan demasiado a un cuadro y responden preguntas.

* * *

"Por favor, ¿podría decirnos dónde están las obras de Velázquez?".

"Sí, sí. Escuela española. En la sala XXXII. Sigan recto, tuerzan a la derecha al final y luego sigan por el segundo pasillo a la izquierda".

"Estamos buscando el retrato de un ciervo".

"¿Un ciervo? ¿Se refieren a un ciervo macho?"

"Sí, sólo su cabeza".

"Tenemos dos retratos de Felipe IV y en uno de ellos su magnífico bigote se curva hacia arriba, como hacen los cuernos. Pero me temo que no hay ningún ciervo".

"¡Qué raro!".

"A lo mejor su ciervo está en Madrid. Aquí, lo que no deberían perderse es el cuadro de Cristo en la casa de Marta. Marta aparece preparando una salsa para un pescado, machacando ajo en un mortero".

"Hemos estado en el Prado, pero allí no había ningún ciervo. ¡Qué pena!".

"Y no se pierdan nuestra Venus del espejo. La parte de atrás de su rodilla izquierda es algo extraordinario".

* * *

Los vigilantes siempre tienen dos o tres salas que vigilar, así que deambulan de una a otra. La silla que está junto a la Crucifixión está vacía por el momento. Tras sacar mi cuaderno de dibujo, una pluma y un pañuelo, coloco con cuidado mi pequeña bandolera en la silla.

Empiezo a dibujar. Corrijo un error tras otro. Algunos son triviales, otros no. El problema fundamental es la escala de la cruz en la hoja. Si no es la correcta, el espacio circundante no ejercerá presión, y no habrá resistencia. Dibujo con tinta y humedezco mi dedo índice con saliva. Mal comienzo. Paso la página y empiezo otra vez.

No volveré a cometer el mismo error. Cometeré otros, claro está. Dibujo, corrijo, dibujo.

Antonello pintó cuatro crucifixiones en total. Sin embargo, la escena que más repitió fue la del ecce homo, en la que Cristo, liberado por Poncio Pilatos, es exhibido, ridiculizado, y oye a los sacerdotes supremos judíos exigir su crucifixión.

Pintó seis versiones. Todas ellas son primeros planos de la cabeza de Cristo, rotunda en su sufrimiento. Tanto el rostro como el retrato del rostro son fuertes e inquebrantables. La misma y sagaz tradición siciliana de captar la medida de las cosas, sin sentimentalismos ni cumplidos.

"¿Ese bolso de la silla es suyo?".

Miro de reojo a los lados. Un guardia de seguridad armado me mira con el ceño fruncido mientras señala la silla.

"Sí, es mío".

"¡La silla no es suya!".

"Lo sé. He puesto mi bolso ahí porque no había nadie sentado en ella. En seguida lo quito".

Cojo el bolso, doy un paso a la izquierda en dirección al cuadro, coloco el bolso en el suelo entre mis pies y vuelvo a observar mi dibujo.

"Ese bolso no puede quedarse en el suelo".

"Puede revisarlo: aquí está mi cartera y hay algunas cosas para dibujar, nada más".

Sostengo el bolso abierto. Se da la vuelta.

Pongo el bolso en el suelo y empiezo a dibujar otra vez. El cuerpo de la cruz es finísimo, a pesar de toda su solidez. Más fino de lo que uno habría podido imaginar antes de dibujarlo.

"Se lo advierto. Ese bolso no puede estar en el suelo".

"He venido a dibujar este cuadro porque es Viernes Santo".

"Está prohibido".

Sigo dibujando.

"Si continúa", dice el guardia de seguridad, "llamaré al supervisor".

Levanto el dibujo para que pueda verlo.

Es un hombre bajo y fornido de cuarenta y tantos años. Con ojos pequeños. O con ojos que achica mientras echa la cabeza hacia delante.

"Diez minutos", le digo, "y habré terminado".

"Voy a llamar al supervisor ahora mismo", dice.

"Escuche", le contesto, "si tenemos que llamar a alguien, vamos a llamar a alguien del personal del museo y, con un poco de suerte, podrán explicarle que no hay problema".

"El personal del museo no tiene nada que ver con nosotros", masculla entre dientes. "Somos independientes y nos encargamos de la seguridad".

"¿La seguridad? ¡Y una mierda!". Pero no lo digo.

Empieza a caminar lentamente de un lado a otro como un centinela. Yo dibujo. Ahora estoy dibujando los pies.

"Cuento hasta seis", me dice, "y luego llamo".

Se acerca el teléfono móvil a la boca.

"¡Uno!".

Me mojo el dedo con saliva para conseguir el gris.

"¡Dos!".

Difumino la tinta sobre el papel con mi dedo para marcar el hueco oscuro de una mano.

"¡Tres!".

La otra mano.

"¡Cuatro!". Se acerca a mí dando zancadas.

"¡Cinco! Cuélguese el bolso del hombro".

Le explico que, dado el tamaño del bloc de dibujo, si hago eso no puedo dibujar.

"¡El bolso colgado del hombro!".

Lo recoge y me lo pone delante de la cara.

Cierro la pluma, cojo el bolso y digo "joder" en voz alta.

"¡Joder!".

Abre los ojos y mueve la cabeza, sonriendo.

"Lenguaje obsceno en un lugar público", anuncia. "Nada menos".

El supervisor se acerca. Relajado, rodea lentamente la sala.

Suelto el bolso en el suelo, saco la pluma y vuelvo a mirar el dibujo. El suelo tiene que estar ahí para limitar el cielo. Con unos cuantos toques, señalo la tierra.

En una Anunciación pintada por Antonello, la Virgen está de pie delante de un estante en el que hay una Biblia abierta. No hay ningún ángel. Un busto de María. Los dedos de las manos, apoyados sobre el corazón, están abiertos y extendidos como las páginas del profético libro. La profecía pasa por entre sus dedos.

Cuando llega el supervisor, se queda de pie con los brazos en jarras, más o menos detrás de mí, para anunciar: "Va a salir del museo escoltado. Ha insultado a uno de mis hombres, que estaba haciendo su trabajo, y ha gritado palabras obscenas en una institución pública. Ahora irá andando delante de nosotros hasta la salida más cercana. Doy por hecho que conoce el camino".

Me escoltan escaleras abajo hasta la plaza. Me dejan allí, y suben corriendo las escaleras con energía y con su misión cumplida. -


Traducción de Newsclips. De I a J. Exposición virtual en la que la cineasta Isabel Coixet rinde homenaje a John Berger y a su obra De A para X: Una historia en cartas. Arts Santa Mònica de Barcelona. Hasta el 7 de junio. www.artssantamonica.cat/ De A para X. John Berger. Traducción de Pilar Vázquez. Alfaguara. Madrid, 2009.

Dibujo de la 'Crucifixión', realizado por John Berger el Viernes Santo de 2008 en la National Gallery de Londres.-